La teoría polivagal de Stephen Porges, ha permitido un gran avance en la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso autónomo (SNA), favoreciendo así las intervenciones en el tratamiento del trauma.

Tras décadas de investigación sobre los circuitos neurales que regulan la respuesta ante la amenaza, Porges y su equipo describen los mecanismos psicofiológicos que participan en  las complejas reacciones del sistema nervioso autónomo, y su influencia en la actividad cardíaca, pulmonar, emocional y en nuestras conductas sociales y de apego.

A medida que se conoce con mayor detalle el funcionamiento del SNA, se observa que la evolución ha dotado de una complejidad creciente a las distintas especies, desde los sistemas invertebrados más primitivos, hasta los mamíferos entre los que nos encontramos. Así las opciones de respuesta ante el peligro son mayores cuanto más evolucionada es la especie.

Del estudio del funcionamiento del nervio vago que da nombre a la teoría, y que conforma la mayor parte de la rama parasimpática, se descubre una relación más compleja entre las dos ramas del SNA, más allá de la clásica explicación de la activación y preservación de energía mediadas por la rama simpática y parasimpática respectivamente.

Porges describe que la rama parasimpática en los mamíferos, tiene a su vez dos ramificaciones con funciones diferenciadas del nervio vago, algo que tiene una gran implicación para el estudio del trauma ya que la rama dorsal estaría implicada en la respuesta de inmovilidad, mientras que la rama ventral participaría más en la comunicación y el contacto social.

Los tres sistemas (SNS, SNP ventral y SNP dorsal) funcionan de manera jerárquica de modo que en primer lugar se activa la respuesta del más evolucionado, el vagal ventral o vago mamífero, éste genera estados de calma, facilita la comunicación o compromiso social, las expresiones faciales, las vocalizaciones y la escucha. Si esta respuesta es insuficiente y la amenaza continua, se activa la reacción simpática que promueve conductas de lucha o huida, aumenta la actividad metabólica y cardíaca y en caso de esta opción tampoco sea efectiva se recurre a la respuesta más primitiva del vago dorsal, que provoca el colapso, la inmovilización.

La activación de un sistema dificulta el funcionamiento del anterior, de manera que por ejemplo, ante una amenaza extrema que pone en riesgo la supervivencia, la respuesta más primitiva de inmovilidad toma las riendas y ya no son posibles ni la movilización ni el contacto social.

En el siguiente vídeo podemos observar un ejemplo de respuesta de inmovilidad tónica, un impala ha sido atrapado por un leopardo, su cuerpo esta colapsado. La proximidad de una hiena hace que el leopardo se aleje de su presa, que queda tumbada en el suelo inmóvil aparentemente muerta. Tras unos minutos se inicia en el impala un cambio en el patrón de respiración y una serie de movimientos en forma de temblor y sacudidas hasta que finalmente puede levantarse y se marcha.