De manera general y simplificada nuestro sistema nervioso se compone de dos partes, el sistema nervioso central formado por el cerebro y la médula espinal, y por otro lado el sistema nervioso periférico.

El SN periférico se divide a su vez en dos sistemas, el sistema nervioso somático, del que tenemos control voluntario y nos permite contraer nuestros músculos por ejemplo, y el sistema nervioso autónomo del que no tenemos control voluntario.

Éste sistema autónomo tiene a su vez dos ramas, el sistema nervioso simpático que nos activa y prepara para la acción, y el sistema nervioso parasimpático que promueve la conservación de energía.

La acción de cada uno de estos sistemas se observa en nuestro cuerpo como de manera simplificada resume el siguiente cuadro:

La actividad de estos sistemas se alterna coordinadamente en nuestro día a día, activándonos y relajándonos en función de las demandas del entorno o de nuestro medio interno.

La respuesta ante un factor estresante leve es un aumento de la actividad de s n. simpático, acompañada de una disminución de la actividad parasimpática (vagal) , una vez se lleva a cabo y se completa con éxito la respuesta pertinente, la activación simpática disminuye, tras esto hay un ligero aumento de la actividad parasimpática,  hasta que finalmente se vuelve a la situación de base inicial.

(Front. Psychol., 04 February 2015)

Este funcionamiento de alternancia normal entre los dos sistemas, puede verse afectado como consecuencia de estresores de elevada intensidad y/o mantenidos en el tiempo.

Antes estas graves situaciones, si no puede llevarse a cabo ninguna respuesta, o el organismo no puede descargar la intensa activación promovida por el SN. simpático, hay un fallo a la hora de reajustarse a la normalidad, el organismo queda en una situación alterada de activación simpática y un descenso en la función parasimpática.

 

Pero existen aún situaciones de mayor gravedad en que ni la respuesta de lucha ni la de huida fuesen posibles. En estos casos podría darse una respuesta más drástica, la respuesta de “congelación”, donde el sistema colapsa en un estado que en etología se denomina, inmovilidad tónica. 

En términos del sistema nervioso autónomo, se da una reacción extrema del sistema nervioso simpático, seguida de una reacción igualmente elevada del sistema nervioso parasimpático (vagal dorsal). 

Esta respuesta de inmovilidad, consiste en provocar un estado de parálisis, que por extraño que pueda parecer, posee un gran valor adaptativo para la supervivencia. Cuando un animal muestra esta conducta, este estado de inmovilidad inhibe la respuesta de agresiva del depredador, cede el impulso de cazar, por otro lado la inmovilidad permite una mayor probabilidad de pasar desapercibido, además de que puede suponer también una ventaja para la manada que uno de sus miembros colapse y atraiga al depredador, y por último esta respuesta implica un estado de entumecimiento general, donde el dolor y el miedo son amortiguados.

Para muestra de este proceso podemos pensar en una gacela que colapsa ante el ataque inminente de un guepardo, una vez inmóvil el depredador procede a esconder a su presa para ir después en busca de sus crías para que puedan alimentarse. Durante este periodo la gacela puede salir de este estado de inmovilidad descargar la energía acumulada en su cuerpo y huir.

En el ser humano también se dan este tipo de respuestas comúnmente denominadas como respuesta de disociación, donde la víctima de un suceso traumático tiene la sensación de poder observar la situación con distanciamiento, como si estuviese fuera de su cuerpo o le ocurriera a otra persona, esto puede hacer soportable lo insoportable.

Los desencadenantes más habituales que pueden provocar que el complejo vago dorsal promueva este estado de bloqueo, son situaciones en las que existe una situación de extrema amenaza sin que pueda identificarse claramente la fuente del peligro, o no ser capaz de finalizar la respuesta promovida por el sistema nervioso simpático, o cuando se activan simultáneamente tendencias de acción que son incompatibles entre sí.

En ocasiones el trauma no viene determinado por una situación concreta e identificable claramente, sino por la vivencia repetida de situaciones en las que una activación continuada, rompe la relación recíproca entre el SNS y el SNP.