La memoria es la manera en que los acontecimientos pasados influyen en el futuro, conocer cómo funciona nuestra memoria es muy importante en el trabajo psicoterapéutico y tiene mayor relevancia aún en el trabajo con el trauma.

Todo aquello que vivimos afecta a nuestro cerebro, modela su estructura, sus funciones, y altera sus respuestas futuras. Nuestro cerebro anticipa constantemente aquello que prevé que pueda ocurrir, y lo hace en función de las experiencias que ya ha vivido, tal y como lo expresa Daniel Siegel, “recuerda el futuro basándose en lo que ocurrió en el pasado”.

Suelen describirse dos tipos o categorías de memoria con unas características y funciones diferenciadas, la memora explícita y la memoria implícita.

La memoria explícita, es la que todos definiríamos como el conjunto de nuestros recuerdos, es aquella a la que acudimos cuando buscamos conscientemente en nuestras vivencias almacenadas, ya sean hechos, significados, o episodios de nuestra autobiografía.

Este tipo de memoria depende de estructuras cerebrales (el lóbulo temporal medial, donde se encuentra el hipocampo, y el córtex órbito-frontal) que no están desarrolladas hasta los dos años de vida, es por ello por lo que no disponemos de recuerdos explícitos anteriores a esa edad.

A partir de esa edad, podemos ir desarrollando la capacidad de secuenciación, de tener un sentido del tiempo y de crear mapas espaciales.

Tanto para la codificación como para la recuperación de contenidos en este tipo de memoria es necesaria nuestra atención consciente.

Por otro lado, la memoria implícita, ya está presente en el momento del nacimiento, desde el inicio ya contamos con la capacidad de hacer generalizaciones de experiencias que se van repitiendo. El bebé va creando modelos mentales para interpretar el mundo, algo fundamental para el aprendizaje y el desarrollo del apego.

Esta memoria implica estructuras cerebrales como la amígdala, el sistema límbico, los ganglios basales y tiene la característica fundamental de que no requiere la participación de nuestra atención consciente. Al recuperar una memoria implícita, no tenemos la sensación consciente de estar recordando algo, por lo que puede que esa memoria nos esté influyendo sin que seamos conscientes de ello.

Así por ejemplo ante un estado de miedo provocado por una situación presente, pueden activarse sensaciones físicas en forma de tensión muscular, aumento de la presión arterial y de la frecuencia cardíaca, etc. Estas sensaciones pueden activar a su vez, una memoria traumática que tuvo unos marcadores somáticos similares. En este momento la persona puede no ser consciente de que se está evocando también una memoria, y el resultado puede ser que ambas respuestas se incrementan mutuamente provocando un círculo vicioso en la respuesta de miedo.

 

El objetivo de un proceso terapéutico de Somatic Experiencing, es despotenciar las memorias procedimentales asociadas al hecho traumático. El terapeuta ayuda a crear un entorno de seguridad y apoyo,  donde la persona va viendo incrementada su seguridad y con ello recuperando la capacidad de actuar. Todo ello lleva finalmente a completar las respuestas defensivas que no pudieron ejecutarse en el pasado.

Estas respuestas defensivas normalmente van asociadas descargas del sistema nervioso autónomo, (en forma de calor, temblores leves, movimientos espontáneos, lágrimas...) una vez el sistema nervioso vuelve a su estado regulado, los recuerdos pierden su carga y pueden integrarse como parte de la memoria autobiográfica creando una narración coherente.