Como ejemplo de intervención con este modelo, describimos una de las situaciones potencialmente traumáticas más habituales en nuestro entorno, son los accidentes de tráfico.

Desgraciadamente son tan habituales, que llegamos a minimizar y normalizar las consecuencias físicas y psicológicas que un accidente puede tener en nuestras vidas, y no solamente aquellas situaciones que implican la pérdida de vidas o lesiones muy graves, si no que accidentes “aparentemente” leves pueden conllevar secuelas que afecten el funcionamiento normal de nuestro sistema nervioso.

Ejemplos de ello serían, la hipervigilancia posterior al accidente, miedo a volver a subir al coche, ansiedad, insomnio, irritabilidad, flashbacks, problemas digestivos y un largo etc…

En un accidente de tráfico pueden darse múltiples situaciones muy difíciles de manejar. La imposibilidad de poder efectuar una maniobra para evitar una colisión, la dificultad para poder salir del vehículo accidentado, no poder reaccionar por ser imposible predecir el impacto, entre otras muchas situaciones que suceden en un breve espacio de tiempo.

La secuencia temporal en la que el accidente tiene lugar suele dividirse en varia etapas:

 

1. Orientación al peligro

2. Respuesta de huida

3. Preparación para el impacto

4. Impacto

5. Post-impacto

 

En función de estas etapas varía el tipo de intervención necesaria para restablecer el equilibrio en el sistema nervioso.

Así puede ser necesaria la restauración de reflejos de orientación incompletos, trabajar las respuestas de lucha/huida, la rigidificación muscular en brazos,  piernas, espalda, intentos de protegerse, trabajar con la posible disociación, así como también sobre lo ocurrido tras el impacto pudiendo ser más traumático que el impacto en sí.

Tradicionalmente la intervención psicológica en estas situaciones, se ha centrado en los aspectos cognitivos y emocionales.

A este trabajo debe añadirse un tercer foco, el somatosensorial, buscando la restauración del equilibrio en el funcionamiento del sistema nervioso, evitando así que esa desregulación afecte al resto de sistemas digestivo, circulatorio, endocrino..etc. 

El planteamiento del proceso terapéutico desde esta perspectiva corporal, supone una ventaja respecto a la terapia verbal tradicional, dado que tras un accidente, es habitual que la persona quiera evitar recordar y explicar de nuevo lo ocurrido, algo que no es estrictamente necesario en este tipo de abordaje.

Repetir la narración de la historia puede aumentar el riesgo de una retraumatización, que provoque de nuevo una desregulación que empeore la situación de partida. Es por ello crucial en este abordaje controlar el nivel de activación a lo largo del proceso.

Se busca entonces, mantener siempre a la persona dentro de su margen de tolerancia, dado que sobrepasarlo puede implicar una reexperimentación del trauma, además de imposibilitar la integración de lo trabajado en sesión.

Por otro lado, el hecho de que la sintomatología más común tras un accidente, sea mediada por nuestro sistema nervioso autónomo, hace que sea imposible acceder a ella únicamente desde los aspectos cognitivos. La persona sabe conscientemente que su miedo es irracional, y que aquel peligro forma ya parte de su pasado, pero esto no hace que deje de experimentar las mismas sensaciones que vivió en el accidente.