El
constructivismo es una forma determinada de entender al ser humano y la
realidad, que a pesar de que tiene sus orígenes en la remota historia de la
filosofía, no ha alcanzado su mayor relevancia en las teorías psicológicas
hasta la década de los 80. Toda teoría científica es un producto del lugar
y de la época en que se desarrolla, el constructivismo es un fruto de la
postmodernidad actual, que en el campo de la psicología, supone la
superación de los sistemas teóricos racionalistas y dejar de lado la
metáfora del hombre como un ordenador que mantienen las teorías cognitivas
clásicas.
El estudio no
mecanicista de los procesos mentales permite proponer una alternativa
constructivista de los conceptos de realidad, objetividad y verdad. A
grandes rasgos el constructivismo propone que el ser humano construye su
conocimiento acerca del mundo que le rodea, es decir, la realidad cambia
según el punto de vista de quien la mira, no podemos acceder directamente a
la realidad sino que es interpretada según la persona que la percibe, en
función de sus esquemas personales, sociales y culturales, se habla entonces
de la realidad inventada.
Según define
Paul Watzlawick, al hablar de realidad se debe diferenciar entre aquello que
percibimos a través de nuestros sentidos, y el significado que atribuimos a
esas percepciones. Así denomina realidad de primer orden a todo lo
que nuestros sentidos nos alcanzan, mientras que el sentido, significado o
valor que otorgamos a esas percepciones constituyen la realidad de
segundo orden.
Esta posición
filosófica se mueve en el campo de las posibilidades humanas más que en el
de las certezas establecidas y se opone a la postura tradicional, el
objetivismo, que mantiene que la realidad se presenta directamente en la
mente del individuo, el cual recibe de forma pasiva los estímulos del
entorno y que el conocimiento es una aproximación sucesiva de datos sobre
una verdad única y absoluta.
Existe una
variedad de teorías psicológicas y enfoques de psicoterapia que se basan en
las ideas constructivistas, pero todas tienen en común una visión del ser
humano como un agente activo que construye y da sentido a su experiencia
según su propio patrón que constituye y da forma a su identidad como
persona.
Desde esta
perspectiva los pensamientos, las emociones, las acciones y los síntomas
psicopatológicos son fenómenos psicológicos que ocurren en el proceso de dar
un significado a la realidad que os rodea.
Mientras que los
objetivistas se centran en la exactitud de sus teorías, los constructivistas
se centran en la utilidad de sus modelos, en la intervención
psicoterapéutica racionalista, los problemas son vistos como déficits y
disfunciones que deben ser controlados y eliminados, las emociones intensas
y negativas son un problema causado por el pensamiento irracional y la
relación terapéutica implica una instrucción técnica.
Por contra la
perspectiva constructivista se basa en la visión de los problemas como
discrepancias entre la tensión ambiental y las capacidades de la persona en
ese momento, las emociones son una forma de conocimiento que se debe
explorar y la relación terapéutica proporciona un contexto seguro en el que
se pueden desarrollar formar alternativas de relación con el mundo y con uno
mismo.
Una fundamental
diferencia entre estas dos concepciones es el uso y la importancia otorgada
al diagnóstico. Desde una postura objetivista la psiquiatría dedica sus
mayores esfuerzos a diagnosticar de acuerdo a unos parámetros previamente
establecidos y supuestamente universales como el DSM, el manual de
diagnósticos de los trastornos mentales creado por la Asociación Americana
de Psiquiatría. Para las posiciones más ortodoxas de esta concepción, el
diagnóstico es un objetivo, algo imprescindible para llevar a cabo el
trabajo terapéutico.
Por contra
desde una óptica constructivista, el encasillar a una persona dentro de una
categoría diagnóstica, es algo que estigmatiza y puede hacer enquistar la
sintomatología haciendo que la persona se construya a sí misma en función de
esa descripción y actúe como determina dicha etiqueta. El diagnóstico pauta
y restringe la mirada del clínico estrechando su perspectiva, además de que
parece no tenerse en cuenta el demostrado hecho de que, si se interacciona
con alguien pensando que tiene una determinada patología se encontrarán los
indicios que confirmen la idea de partida.
El diagnóstico
clínico ha de ser una orientación para el profesional con el fin de
planificar la intervención, es además una forma de facilitar la comunicación
entre profesionales y ha de ser utilizado como una guía para el proceso y no
para el encasillamiento del cliente, como algo que abre caminos en lugar de
cerrarlos.